La violencia no siempre es explícita. A veces, se instala en las normas y en lo que consideramos «común». La violencia estructural es aquella que opera desde los sistemas: instituciones, discursos, normas sociales que colocan a unas personas en posiciones de vulnerabilidad constante y a otras en lugares de privilegio. No necesita agresores evidentes ni actos brutales para producir daño. Lo hace a través de la desigualdad sostenida.
En contextos judiciales, esta forma de violencia suele ser invisibilizada. Lo que no deja marcas físicas o diagnósticos clínicos contundentes, muchas veces no es reconocido como relevante. Sin embargo, sus efectos son profundos: ansiedad crónica, disociación, bloqueo emocional, miedo a confiar, o sentimiento de inadecuación vital.
Cuando una persona es expulsada de su casa por ser LGTBIQ+, cuando es despedida sin justificación en un entorno hostil a su identidad, o cuando en procedimientos judiciales su orientación sexual se convierte en un argumento implícito para poner en duda su credibilidad, no estamos ante casos individuales: estamos ante patrones estructurales de violencia simbólica.
Un informe psicológico puede y debe abordar estos contextos. No solo evaluando síntomas, sino interpretando el relato desde su dimensión sociopolítica. Un buen informe no sólo traduce el malestar, sino que lo contextualiza: identifica que el daño no está en la identidad, sino en la respuesta que la sociedad ofrece frente a ella.
En EPERIT trabajamos desde esta ética. Sabemos que el dolor tiene causas más allá del individuo. En nuestras evaluaciones periciales, medimos y evidenciamos de forma holística.
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