La violencia ginecológica es una forma de maltrato que ocurre en espacios donde las mujeres deberían sentirse protegidas: las consultas médicas. En lugar de cuidado, muchas encuentran despersonalización, invasión y falta de respeto. Esta violencia no siempre deja cicatrices visibles, pero sí huellas profundas en la salud mental y emocional.
¿Qué entendemos por violencia ginecológica?
La violencia ginecológica incluye todas aquellas prácticas médicas deshumanizantes, no consensuadas o insensibles que afectan la dignidad, el cuerpo y el bienestar emocional de las mujeres. Algunas manifestaciones comunes son:
- Realizar exploraciones sin consentimiento informado o sin explicar el procedimiento.
- No dar derecho a rechazar la presencia de estudiantes en prácticas durante exploraciones íntimas.
- Evitar el contacto visual, no mirar a la cara a la paciente, tratarla como “un expediente más”.
- No saber sostener las emociones de la mujer si se angustia o llora.
- Ridiculizar su criterio personal o minimizar su malestar.
- Tratar su cuerpo como un “cacho de carne con patas”, ignorando su historia, su dignidad y su humanidad.
Estas prácticas no son anecdóticas ni accidentales. Responden a una cultura médica patriarcal que sigue situando a las mujeres en una posición de inferioridad dentro del acto clínico (Méndez, 2023).
Médicos que no ven, no quieren ver y se sienten atacados
Una parte importante del problema es la negación sistemática. Muchos profesionales sanitarios niegan la existencia de la violencia ginecológica, se sienten ofendidos cuando se nombra y reaccionan con soberbia. Como si su estatus de “autoridad sanitaria” los eximiera de toda posibilidad de error. Como si su bata blanca fuera escudo contra cualquier crítica.
La falta de sensibilidad, la incapacidad de cuestionar sus propias prácticas, la falta de humildad y la defensa automática de un sistema que ha normalizado el daño hacen que muchas mujeres salgan de las consultas más heridas que cuando entraron.
La medicina tiene un problema profundo con el trato humano: ha disociado históricamente el aspecto psicológico del fisiológico y ha perpetuado sin cuestionamiento muchas prácticas con raíces misóginas.
Cuando la consulta no es un lugar seguro
Muchas mujeres evitan ir al ginecólogo por miedo, vergüenza o desconfianza. Y no es casualidad. La violencia ginecológica produce efectos psicológicos profundos: ansiedad, disociación, trauma, evitación médica, culpa, baja autoestima y reactivación de vivencias de abuso previas (Pereda & Abad, 2021).
El vacío legal que perpetúa la impunidad
Una de las razones por las que esta violencia persiste es la falta de reconocimiento jurídico. En España, la violencia ginecológica y obstétrica no está tipificada en el Código Penal, lo que impide identificarla, denunciarla o sancionarla adecuadamente.
Esto invisibiliza a miles de mujeres y las deja sin vías de reparación ni justicia. No pueden denunciar un trato humillante, una intervención invasiva sin consentimiento o una episiotomía forzada como violencia. La ley, sencillamente, no lo reconoce.
Y sin nombre, no hay reparación.
Según datos internacionales, 2 de cada 3 mujeres sufren violencia obstétrica a lo largo de su vida reproductiva (OMS, 2019). Esto incluye prácticas como gritar a la mujer durante el parto, ignorar su dolor, intervenir sin explicaciones o impedir el contacto con el bebé. Son prácticas normalizadas, institucionalizadas y silenciadas.
No es un problema de una profesional, es un sistema
No basta con “ser más amable”. Hay que reeducar desde la base. Se necesita:
- Formación en trauma, consentimiento, acompañamiento emocional y derechos sexuales.
- Protocolos claros y aplicables que garanticen el trato digno.
- Una revisión crítica de la tradición médica desde la perspectiva de género.
- Espacios seguros de denuncia y reparación.
- Escuchar a las pacientes sin infantilizarlas ni dudar automáticamente de sus vivencias.
Una propuesta: la psicoginecología
Proponemos una medicina más humana, más informada en trauma, más ética. Y, en ese camino, la figura del psicoginecólogo/a se vuelve esencial. Una figura profesional que comprenda el impacto psicológico de los procedimientos médicos, que sepa acompañar, escuchar, sostener, y garantizar que la salud no sea solo física, sino también emocional, sexual y simbólica.
Conclusión
La violencia ginecológica es una forma grave de misoginia institucionalizada. Nombrarla es el primer paso. Combatirla requiere cambiar prácticas, creencias, estructuras y sobre todo: poner la dignidad de las mujeres en el centro. La salud no puede seguir siendo un territorio hostil. Las mujeres no son cuerpos a gestionar: son personas con historia, criterio y derecho a ser tratadas con respeto.
Mientras no se tipifique esta violencia en los marcos legales, el sistema seguirá dejando a las mujeres desprotegidas, silenciadas e indefensas ante el maltrato sanitario.
📚 Referencias
- Organización Mundial de la Salud (OMS). (2019).
Maltrato durante el parto y la atención obstétrica: Revisión de evidencia global.
[Informe técnico]. Recuperado de: https://www.who.in - Ministerio de Sanidad. (2022).
Informe Salud y Género 2022.
https://www.sanidad.gob.es/organizacion/sns/planCalidadSNS/pdf/equidad/InformeSaludyGenero2022/INFORME_SALUD_Y_GENERO_2022.15.09.2022.web.pdf - Pereda, N., & Abad, J. (2012). Enfoque multidisciplinar de la exploración del abuso sexual infantil. Revista Española de Medicina Legal, 38(4), 141–147. https://doi.org/10.1016/j.reml.2012.10.002
- Méndez Aristizábal, I. D. (2023). La violencia obstétrica más allá de las salas de parto: Una propuesta para su reconceptualización desde un enfoque feminista, interseccional y de derechos humanos [Tesis doctoral, Universidad Carlos III de Madrid]. e-Archivo.