La violencia ginecológica y obstétrica son formas de abuso que ocurren en el ámbito de la atención médica, especialmente durante los exámenes ginecológicos y los procesos reproductivos. La violencia ginecológica implica prácticas que refuerzan una relación de subordinación entre el personal médico y las pacientes, mientras que la violencia obstétrica se refiere a la apropiación del cuerpo de las mujeres, mediante la medicalización y patologización de sus procesos reproductivos. Estas prácticas están profundamente enraizadas en estructuras de poder como el patriarcado y el capitalismo, y afectan especialmente a mujeres migrantes, adolescentes, pobres y personas fuera de las normas de género establecidas.
Algunas de las prácticas más comunes que se describen en la literatura incluyen la fragmentación del cuerpo durante los exámenes ginecológicos, la objetivación del cuerpo femenino, la exposición innecesaria en procedimientos médicos, y comentarios denigrantes como “¿por qué tienes miedo si tú con tu marido follas?”. Estas actitudes deshumanizan a las pacientes, tratándolas como meros objetos de intervención médica, además de tener un claro componente misógino.
Las mujeres lesbianas y bisexuales también reportan experiencias de violencia ginecológica específicas, como la presunción de heterosexualidad y la infantilización en consultas médicas. Además, los hombres transgénero experimentan violencia en el ámbito ginecológico debido a la desinformación sobre los efectos de los tratamientos hormonales y la falta de respeto por su identidad de género.
El impacto de esta violencia no se limita al plano físico; muchas personas experimentan secuelas emocionales profundas, como inseguridad, ansiedad, y dificultades para vivir una sexualidad segura y placentera. La falta de acompañamiento psicológico en estos casos puede agravar aún más la situación. Por ello, se hace urgente la inclusión de figuras profesionales como las psicoginecólogas, quienes podrían brindar un acompañamiento integral y respetuoso en los procesos ginecológicos, respetando la dignidad de las pacientes y atendiendo su bienestar emocional.
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“Me sentí juzgada y reprimida. No he vuelto a asistir a una consulta ginecológica hace años. Me siento insegura e intimidada cada vez que pienso en asistir a una consulta ginecológica, me causa ansiedad y temor. Me deja con muy pocas ganas de volver a realizarme exámenes, aunque sé que son necesarios” (p. 59)
“Me cuesta ir a médicos hombres, siempre estoy asustada de que me vayan a violentar o a ignorar mis problemas de salud. Casi no voy a consultas de ginecología por miedo a ser juzgada o que no me tomen en cuenta. Sólo voy a médicos mujeres si es posible, aunque la última mujer que me atendió fue muy brusca e irrespetuosa, se sintió con el derecho de cuestionar mi vida sexual, fue irresponsable con sus diagnósticos y tratamientos. Me hizo dudar de mí misma y cuestionar si mi estilo de vida era el adecuado” (p.60)
“Me hicieron una episiotomía sin mi autorización y después la mal cosieron y me salió un granuloma tan grande que estuve 3 meses, cada 15 días, yendo a urgencias para que lo quitaran. Afectó mi vida sexual por completo. Afectó negativamente mi autoestima.” (p.60)
«Fui a urgencias por un desgarro vaginal. Llegué a la consulta goteando sangre y asustada, pero la médica me recibió con una actitud muy fría y seca. Le dije que sentía que me estaba desangrando, que había tenido que ponerme cinco compresas solo para llegar al hospital sin empaparme de sangre. Sin embargo, ignoró por completo tanto lo que le decía como mi angustia, y comenzó a hacerme preguntas secas, como cuándo me había bajado la regla. Apenas me prestó atención hasta que me desnudé (delante de dos desconocidas) y vio que, efectivamente, estaba sangrando.Una vez en la camilla, comenzó a introducirme un objeto que me causaba un dolor intenso. Le pedí tres veces que parara, pero continuó pinchándomelo con eso directamente sobre la herida. No paró hasta que grité tan fuerte que se escuchó en toda la planta y vino una enfermera de otra sala, porque la que estaba presente simplemente me miraba fijamente la vagina con una expresión completamente vacía, como de “muerta en vida”.
Me sentí violentada y completamente desprotegida. Siempre pensé que una profesional sanitaria médico, y más siendo ginecóloga, sería cálida, comprensiva y cuidadosa con sus pacientes. Pero en ese momento sentí que me atendía una psicópata. Nunca llegué a presentar una queja porque me quedé en estado de shock durante meses. Cuando empecé a entender que lo que había vivido había sido una agresión, ya sentía que era demasiado tarde para hacer nada.
Desde entonces, sigo tratando síntomas de estrés postraumático con mi psicóloga y lo paso fatal cada vez que tengo que volver a una revisión ginecológica. A día de hoy, aún no he encontrado una ginecóloga que sea verdaderamente cálida y considerada. Tengo ansiedad durante semanas antes de cada revisión, y lamentablemente siempre salgo de la consulta peor de lo que entré.»
“Quedé con una depresión profunda debido a la atención de un aborto retenido. En la sala de evaluación de urgencias me extrajeron sin aviso, sin anestesia, los restos de mi bebé. Además, me negaron el derecho a verlo aludiendo a que solo ‘eran restos’ y que ‘no era para tanto’. No puedo explicar el dolor físico y emocional que sentí” (p.61)
💬 Ginecología y violencia estructural: ¿qué está fallando?
En pleno siglo XXI, la atención ginecológica sigue operando bajo un modelo médico hegemónico que refuerza una visión binaria, heteronormativa y centrada en la maternidad. Esta lógica no solo excluye a muchas personas, sino que también genera violencia estructural al invisibilizar cuerpos y vivencias que no encajan en la norma (Basualto et al., 2023).
🛑 ¿Y si la consulta médica también puede ser un espacio de trauma?
Prácticas naturalizadas en el ámbito sanitario, como la posición de litotomía —boca arriba, con las piernas abiertas y elevadas— colocan a la persona en una situación de extrema vulnerabilidad. Más allá del cuerpo, este tipo de posturas pueden tener un profundo impacto psicológico, activando memorias traumáticas previas o incluso generando nuevas heridas emocionales.
La asimetría de poder es evidente: una o varias personas vestidas, observando las zonas más íntimas del cuerpo de alguien que, en ese momento, se encuentra desnuda, sola y expuesta. Si a eso se suma una atención fría, deshumanizada, sin escucha ni sensibilidad, la experiencia puede convertirse en un escenario de indefensión. Muchas mujeres lo describen como sentirse «un cacho de carne con patas».
En ese contexto, cualquier práctica que no se viva como plenamente consentida puede convertirse en una experiencia traumática. La atención ginecológica y obstétrica necesita repensarse desde una perspectiva informada en trauma: el cuidado emocional debe estar al mismo nivel que el físico.
Aun así, la dimensión emocional rara vez se tiene en cuenta en la práctica médica. Y eso es parte del problema.
😔 No es «una mala experiencia», es daño psicológico
Muchas personas salen de la consulta ginecológica con síntomas de indefensión, disociación o angustia. Algunas incluso evitan volver a revisiones necesarias por miedo. Cuando esto ocurre de forma sistemática, no hablamos de casos aislados, sino de una falla estructural.
No puede considerarse que se cuida la salud integral si el bienestar emocional queda fuera del abordaje ginecológico y obstétrico. La salud emocional también importa. Y debe estar presente en cada revisión, parto o exploración.
🌿 ¿Y si cuidamos también la salud mental?
Así como existen psicooncólogas para acompañar los procesos oncológicos desde una mirada humana y emocional, sería interesante considerar la figura de la psicoginecóloga: una profesional con formación en salud mental y perspectiva de género, que pueda acompañar estas vivencias de forma respetuosa e integral.
Porque la atención ginecológica no debe limitarse al cuerpo físico. Cuidar la salud ginecológica es también cuidar el bienestar, la historia y la dignidad de quien habita ese cuerpo.
Autoras: Amanda Aranda Núñez y Elena Flores Fernández
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